
Comprender el guion de vida para romper los mecanismos que se repiten desde hace años a través de las elecciones.
Hay momentos en los que nos sorprendemos diciendo: “Otra vez lo mismo, ha vuelto a pasar”.
Otra historia que termina igual, con la misma decepción, la misma distancia… o tal vez la misma culpa.
Volvemos a prometernos que esta vez será diferente, y sin embargo, todo se repite.
¿Alguna vez te has preguntado por qué, a pesar de tus buenas intenciones, sigues eligiendo el mismo tipo de persona? ¿Reaccionando del mismo modo? ¿Tropezando con los mismos problemas emocionales o relacionales?
Te prometes cambiar, y aun así algo te lleva de nuevo allí, como una goma invisible que te arrastra hacia atrás.
Esto le pasa a muchas personas, y no se trata de debilidad ni de falta de voluntad.
Entonces, ¿por qué sucede?
¿Por qué parece que, incluso con toda nuestra fuerza de voluntad, algo dentro de nosotros sigue eligiendo caminos ya recorridos, aunque nos hayan hecho sufrir?
En Análisis Transaccional hablamos del guion de vida: una narrativa profunda, casi invisible, que escribimos en los primeros años de la infancia.
En ese tiempo aún no tenemos palabras para explicar el mundo, pero ya percibimos su significado.
El guion es una respuesta —muchas veces creativa y adaptativa— a lo que nos rodea: a cómo nos miraron, escucharon y acogieron cuando éramos pequeños.
Así, sin darnos cuenta, aprendemos que:
– El amor hay que ganárselo.
– No hay que molestar.
– Ser fuerte significa no necesitar a nadie.
– Ser bueno implica dejarse a uno mismo en segundo plano.
Con el tiempo, ese guion nos guía.
Incluso cuando creemos estar eligiendo libremente.
Así, podemos acabar en relaciones donde nos sentimos ignorados, o insuficientes.
Cargamos con el dolor de los demás, esperando que, esta vez, alguien lo note.
O evitamos vínculos profundos por miedo a ser heridos… y acabamos igualmente solos.
No es fácil darse cuenta.
El guion no habla con palabras, sino con sensaciones recurrentes, emociones que vuelven, formas de estar en el mundo que parecen normales, solo porque son familiares.
Y luego llega un momento en el que esas decisiones que tomamos en su día ya no nos sirven, se sienten estrechas, limitantes, y es probable que empieces a preguntarte: “¿Por qué yo, otra vez?”
Tal vez esa pregunta merece ser escuchada, no apresurada.
No siempre tenemos que cambiarlo todo de inmediato.
A veces, basta con empezar a observar. Con delicadeza. Con curiosidad.